Albert Rivera y los hegemonstruos.

   Decía Antonio Gramsci que en el claroscuro producido mientras el viejo mundo muere y el nuevo aparece, surgen monstruos.

   De la prolífica obra del comunista italiano, el concepto más repetido en nuestros días es el de “hegemonía”, usado tanto como azote de zorrocotrocos como en forma de excusa para comulgar con ruedas de molino. Pero eso es otro tema.

   Además de lo anterior, para entender este artículo hay que estar mínimamente familiarizado con las líneas generales de la “hipótesis populista” planteada por Laclau y compañía. Del primer Laclau, tampoco nos volvamos locas.

   No es descabellado afirmar que Albert Rivera y todas las cabezas pensantes que están detrás del partido Ciudadanos han tenido que leer ávidamente tanto a Gramsci como a Laclau, pues la puesta en escena de ese partido político –lo que se ha llamado Operación Ciudadanos– ha sido un ejercicio acertadísimo de construcción de hegemonía (revolución pasiva), y revela cierto conocimiento sobre las técnicas asociadas a la hipótesis populista preconizada por el autor argentino.

El escenario en el que FEDEA y el IBEX-35 se plantean la necesidad de crear uno de esos monstruos de los que nos habló Gramsci es claro: las banderas tradicionales de la derecha política caían en desuso tras la irrupción en escena de Podemos, ya que habían conseguido introducir en la centralidad del tablero elementos que durante treinta años habían estado en los laterales y, que ahora sí, podían hacerle pupa a la oligarquía regente de este país.

   Es indiscutible el poderío de las redes sociales -y en especial de twitter– durante las campañas electorales. Estrategia comunicativa. Pero también es incuestionable cómo la imagen mostrada por los líderes de las formaciones emergentes juegan un papel fundamental en este sentido. Estrategia de imagen, que aspira también a una autoidentificación del posible votante con el líder, no tanto estéticamente como en las formas, los modos de hablar y las características personales del orador que el oyente cree deducir de su discurso. Para visibilizar cómo conjugan ambas estrategias y, a la vez, introducir el tema de este breve post, pongo dos ejemplos de bios extraídas de twitter. Estoy seguro de que vais a saber cuál pertenece a un votante del PP, y cuál a uno de Ciudadanos:

Ejemplo 1:

Español, católico y a mucha honra. Siempre con las víctimas. Pro-vida.

Ejemplo 2:

Entrepeneur&Investor || Sin pelos en la lengua. Español y europeo. Mourinhista y orgulloso.

   Este superficial análisis no es todo lo absurdo que pudiera parecer si queremos entender el fenómeno Ciudadanos: sus votantes provienen mayoritariamente del nicho electoral del PP, pero se han desgarrado del mismo en cuanto han visto la oportunidad de cambiar las banderas tradicionales por otros signos de identificación tales como el rabioso antiindependentismo, la supuesta “incorrección política”, el liberalismo europeo –que ya es rancio– y, lo que es más importante, una imagen derechista pero bien lavada con H&S. En el análisis de esta nueva imagen promovida desde Ciudadanos se reflejan sus líderes públicos: jóvenes, bien vestidos pero no de forma tradicional, con experiencia en el sector privado –normalmente en bancos o consultorías– y no adscritos oficialmente a ningún tipo de corriente moral, política, religiosa o filosófica. Y esto es clave en su éxito.

   De la misma manera que la campaña del Partido Popular contra el PSOE una vez estallada la crisis se basó en vestir a Rajoy con el traje del buen gestor, la campaña de Ciudadanos apela al carácter de “coach” de su líder, ese renovador que apuesta por “regenerar” la política española cual cirujano en base a los modernos pilares del neoliberalismo radical, el minarquismo estatal y el “sentido común”. Huelga decir que, tal y como saben aquellas personas que hayan leído a Gramsci, ese sentido común no es otra cosa que la ideología dominante en el status quo elevada a la categoría de normalidad cotidiana. Más o menos consiste en el “es lo que hay” de la política diaria.

Este plan orquestado desde FEDEA no es infalible y tiene fisuras. En el cara a cara Albert Rivera gana en elocuencia e imagen, pero pierde en fondo: no tiene conocimientos políticos ni anclajes ideológicos, lo que le sitúa en una constante situación de ni-nismo: ni de izquierdas, ni de derechas; ni derogar la Ley Mordaza ni mantenerla. Un controladísimo ni sí, ni no, ni todo lo contrario. En el cara a cara con PIT ejercitó la posición ni-ni en todo momento, también a la manera del perro del hortelano, pues ni contestaba (por evasivo), ni dejaba contestar (por exaltado).

   Las posiciones ciudadanitas oscilan entre el ninismo en las materias profundas y un falso radicalismo en las medidas “superficiales” (corrupción, nepotismo, organización territorial, etc.), entendiendo por tales las que no afectan directamente a los intereses de la oligarquía. Pero cuando se toca la pela, Albert Rivera se deja las dudas en casa, pues poderoso caballero es Don Dinero. Y hoy nos ha dado una muestra peligrosa de esta postura cuando se ha revelado como el más radical de los neocon yanquis al defender la intervención militar en Siria, intentando reducir la situación a la disyuntiva “o no a la guerra, o no al terrorismo”. Da miedo leer cómo un supuesto renovador milita en la intransigencia de los sectores más beligerantes. Pero como se ha dicho más arriba, la pela es la pela, y para muestra un botón. Y otro más.

   En fin. Todo augura que este hegemonstruo entrará con fuerza en el Parlamento este año, quién sabe si no en puestos de Gobierno. Lo que parece incuestionable es que el adalid del establishment viene con los deberes bien hechos, y es la mejor marioneta del gran capital en nuestro país. Toca repensar nuestras formas de plantar batalla.

 

 

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