Del 18J al 6D, pasando por el 20N

 

   Hoy, veinte de noviembre, como todos los años, lo peor de la caspa española celebra banquetes en honor al dictador Francisco Franco -y en menor medida a José Antonio Primo de Rivera-.

Quede clara una cosa: estos banquetes son absolutamente marginales y las personas que todavía se autoproclaman franquistas son apenas un puñado de nostálgicos del régimen de 1936, pero lo interesante sobre el particular es analizar el hilo que todavía une 1936 y 1978, así como el 18 de julio con el 6 de diciembre, pasando necesariamente por el 20-N.

Estas fechas significan mucho en la historia reciente de España: el 18 de julio de 1936 es la fecha del golpe de Estado contra la República y el 6 de diciembre se celebra el Día de la Constitución, hito y mito original del Régimen del 78. 

   El 20 de noviembre de 1975, fecha en que murió un agonizante Francisco Franco, ha quedado grabado en la memoria de la mayoría de los españoles que lo vivió con una mezcla de alegría y miedo. Alegría porque al fin quedaba enterrado el dictador. Miedo por lo que pudiera pasar. En este sentido toca recordar que por aquellas fechas la policía política de la dictadura asesinaba, los militares tenían un poder que rozaba lo absoluto y el temor más presente en la mayoría de los españoles era que la situación se volviera insostenible hasta el punto de que el ruido de sables germinara en una reedición del 18 de julio. Si bien no hizo falta, ese miedo estaba presente. Y huelga decir que el miedo es una parte sustancial e imprescindible de lo que ha venido a llamarse franquismo sociológico, todavía presente en el imaginario político colectivo de los españoles. 

   En la advertencia previa de este post decía que los franquistas eran un elemento absolutamente marginal en la política española. Y es cierto. Pero lo más peligroso del franquismo sobrevivió: la actualización del relato de las Dos Españas, con la firme creencia de que el pueblo español nunca sabría gobernarse como telón de fondo -y contribuyendo a ello-. Cuarenta años de relato, cuarenta años de asesinatos y cuarenta años de desarticulación de las formas de participación en la vida política de las clases populares son una herencia muy peligrosa cuyas rentas seguimos pagando políticamente a día de hoy.

Este relato se basa en una serie de pilares que fueron perfectamente actualizados por el régimen del 78: los militares sublevados el 18 de julio respondieron con efectiva letalidad a una república ingobernable que podía haber convertido a España en Albania. Hemos llegado a la vomitiva situación de que este discurso lo hemos oído incluso en instancias democráticas de la boca de la propia Esperanza Aguirre.

Esta lectura del 18 de julio está presente en la mente de no pocos españoles, pero siempre acompañada de un “ojo, que yo no apoyo a Franco, pero la República no era ningún paraíso democrático”. A esta coletilla se le suelen añadir puntualizaciones históricas como la revolución del 34, la declaración del Estat catalá o el asesinato de Calvo Sotelo, según el conocimiento del interlocutor.

   Acabada la guerra civil en 1939 dio comienzo la dictadura del General Franco, que vivió -como cualquier régimen político- varias etapas durante las cuales los grados de bienestar y represión variaron gradualmente, hasta culminar en un más que dudoso final feliz del régimen que mucha gente vino a calificar con el insulso “se vivía bien, pero era una dictadura”. En boca de Mayor Oreja fue una etapa sumamente plácida. Estos cuarenta años de dictadura sirvieron para desarticular brutalmente toda forma de organización política del pueblo español, siendo que el foco de la represión se dirigía sobre una población cada vez menor después de los primeros años de genocidio, prisión y exilio, pero que mantuvo intacta su brutalidad hasta meses antes de morir el dictador. Sobre esto es recomendable ver el documental 27 de septiembre de 1975, fecha de las últimas penas de muerte firmadas por Franco. 

   El dictador murió el 20 de noviembre de 1975, fecha simbólica. No solo por la desaparición física del genocida, sino también porque en esos días se podía medir el óptimo impacto que cuarenta años de relato franquista y represión habían tenido: la gente salió a la calle con firmeza en la mirada pero profundas dudas en la nuca. El miedo y la alegría compitieron por imponerse mutuamente, hasta que la contradicción fue resuelta con una forma muy tradicional de resolución en España: el despotismo ilustrado y la aplicación de su lema “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. La ciudadanía se encontraba absolutamente indefensa para articular un proyecto político propio. La costumbre impuesta de esperar para escoger de entre las opciones que caían desde los aparatos del Estado, tan tradicional en la historia de nuestro país, se consagró como forma de entender la democracia ya en sus orígenes. A esto contribuyeron la práctica totalidad de los partidos políticos legalizados, si bien destacaron por su posteriormente reconocida sagacidad algunas de las posturas mantenidas en el seno del Partido Comunista de España -y posteriores escisiones- y del entorno de la izquierda abertzale, que ya en esa época advirtieron lo que podía deparar la construcción de un régimen constitucional con esos mimbres. Este es el significado que tiene el 20-N como símbolo que medió entre el 18 de julio y el 6 de diciembre: los estrechísimos márgenes en que la ciudadanía pudo moverse en aquellos tiempos, en un precario equilibrio entre el miedo y la esperanza, y absolutamente desarmada de organizaciones políticas permeables con capacidad real para echar en la balanza del poder los intereses del pueblo. Así, no es casualidad que el texto constitucional, de marcado carácter progresista, tenga artículos enteros completamente desconocidos e inaplicados. Véase el ejemplo del artículo 129.2: “Los poderes públicos promoverán eficazmente las diversas formas de participación en la empresa y fomentarán, mediante una legislación adecuada. Las sociedades cooperativas. También establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”. Sí, eso está en nuestra Constitución. Y no, todavía no hemos iniciado la transición al socialismo.

   El objeto de este artículo no es un juicio sobre la Transición, objetivo que supera las capacidades, la experiencia y los conocimientos del autor, sino resaltar la importancia del fenómeno conocido como franquismo sociológico, alimentado durante la propia Transición, y que ahora es interpelado directamente por Mariano Rajoy y sus alusiones a la mayoría silenciosa. De aquellos polvos, estos lodos: un presidente democrático que apela al silencio como mejor forma de participación en la vida política. Esta reedición del despotismo ilustrado español ahora cuenta con un nuevo factor determinante: el “cirujano” que viene a regenerar la política española con mano dura al que apelaba ya a principios del siglo pasado Joaquín Costa. Si bien esa figura política ha sido exacerbadamente empleada por el Partido Popular y su visión de Rajoy como “gestor”, ahora es explotada por Albert Rivera. En graciosa sintonía con esta forma de entender la política española, ambos han protagonizado sendos spots electorales en los que se aludía a la misma comparación. Aquí el del Partido Popular y aquí el de Ciudadanos. Simplemente dantesco.

   Por su parte, el 6 de diciembre festejarán festejaremos la fecha de la Constitución, la concordia, la paz, la convivencia, la reconciliación y otros tantos elementos manipulados de nuestra época que todavía a día de hoy tienen en la generación nacida entre 1950 y 1960 a sus más férreos defensores. No podemos culparles de ello, pero sí arrogarnos el derecho a revisar nuestra historia y actualizar el relato del país que heredamos.

   En conclusión, los que hoy celebran con banquetes el 20N debieran reunirse el 6 de diciembre, y viceversa. A nosotros siempre nos quedará el 14 de abril y el 16 de febrero, puesto que no renunciamos ni al último de nuestros suos.  

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